Su vida

Una gran mística francesa

A menudo se conoce a Marta Robin por los fenómenos extraordinarios que jalonaron su existencia. Desde su enfermedad, muy real, pero cuyas causas y cuya evolución siguen siendo un misterio, hasta los estigmas, pasando por los ataques del demonio y los años que vivió alimentándose con una hostia a la semana, experimentó manifestaciones propias de los grandes místicos.

Pero más allá de los aspectos extraordinarios de su vida, es precisamente por la manera en que esta mujer profundamente unida a Cristo ama, acoge a todos, transmite la Esperanza, por lo que puede convertirse hoy en un modelo para cada uno de nosotros.

Marta ni nació mística ni se despertó una mañana unida a Dios. Poco a poco la joven se dejó invadir por Cristo, por un camino en el que las mejores etapas siempre las preceden momentos claves vividos en la intimidad de la oración.

Una intimidad creciente con el Cielo

En primer lugar, hubo intimidad natural con la Santísima Virgen en una infancia marcada por la piedad popular del campo. No obstante, fue dentro de la adversidad de la enfermedad donde Marta empezó verdaderamente su ascensión hacia Cristo. En 1921, lleva enferma tres años. Sus síntomas hacen pensar en un tumor cerebral. Piensan que es desahuciada. Entonces ve a la Santísima Virgen que viene a visitarla a su habitación. Es el principio de una convivencia perenne con los habitantes del Cielo: María, pero también Santa Teresa de Lisieux y el propio Jesús le hablan, la fortalecen, la consuelan, le enseñan.

La elección de Dios

El acto decisivo que hace que Marta entre en la vida mística es su declaración escrita del 15 de octubre de 1925 en la fiesta de Santa Teresa de Ávila. Por aquel entonces, tenía 23 años y redactó su “acto de abandono”:

« ¡Dios Eterno, Amor Infinito! ¡Oh Padre mío! (...) En este día me entrego y me consagro a Ti, toda entera y para siempre. ¡0h el Bien Amado de mi alma, mi dulce Jesús... te deseo solo a Ti... y por tu Amor renuncio a todo! Mi Dios, toma mi memoria y todos sus recuerdos, toma mi corazón y todos sus afectos... toma mi inteligencia y todas sus facultades (...) toma mi voluntad toda entera... (...) ¡A ti me entrego y me abandono! »

Tres años más tarde, vive un acontecimiento esencial que sella definitivamente su alianza con Dios. En el corazón del sufrimiento, conoce una basculación interior. Durante la visita de dos sacerdotes en diciembre de 1928, experimenta el amor infinito que Dios le tiene. Esa experiencia espiritual íntima cambia profundamente su vida. Decide procurar que ese sufrimiento absurdo e inútil impuesto por la enfermedad adquiera un sentido para toda la humanidad, según lo que escribe el apóstol Pablo:

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« Ahora me alegro de poder sufrir por ustedes, y completo en mi carne lo que falta a los padecimientos de Cristo, para bien de su Cuerpo, que es la Iglesia”. » (Carta de S. Pablo a los colosenses, cap. 1, vers. 24)

Recibe los “estigmas” de la Pasión de Cristo cada semana

Progresivamente, mientras van creciendo su intimidad y su abandono en Dios, vive cada vez más estrechamente la Pasión de Cristo: primero, espiritualmente; después, en su carne. En efecto, a partir del 2 de octubre de 1930, Marta Robin recibe cada viernes los estigmas, es decir, las llagas que reproducen las de Jesucristo en la Cruz. Como otras grandes figuras de santidad (San Francisco de Asís, Santa Catalina de Siena, San Padre Pío, etc.) ella también manifiesta en su cuerpo los tormentos que soportó Jesús. Todo eso se establece poco a poco y se profundiza... De este modo, le cuenta al académico Jean Guitton que había venido a visitarla: “Ya no veo los detalles de la Pasión. En otro tiempo veía, oía, podía describir. Ahora ya no recuerdo los detalles. Estoy en Jesús”.

Cuando Marta aborda su unión con Jesús en su Pasión, habla de ello como lo haría una novia: una “intimidad de amor y sufrimiento con Jesús”. Jesús la une progresivamente a su Corazón, haciéndola compartir su amor con los hombres. Si ella sufre y lucha, es para salvar a las almas en la certeza de que Cristo será el vencedor.

Marta rechaza cualquier fascinación macabra por la cruz y el sufrimiento. A una persona que le pide: “Marta, ayúdenos a amar la cruz”, le contesta con brusquedad: “¡Que no! ¡Hay que amar a Jesús en la cruz!”. Solo tiene un gran deseo, inmenso, el de amar y hacer que la gente ame al Buen Dios:

Todos los cristianos han de participar en la Pasión de Cristo, de acabar en su cuerpo lo que le falta a la Pasión de Cristo. Yo no soy más que una señal, un recuerdo para todos los cristianos.

La Eucaristía es su único alimento

Otro prodigio nos impresiona... Durante toda su enfermedad (¡más de 60 años!), Marta no bebe y no come casi nada. Sin embargo, no muere. Cada semana, solo puede tragar la hostia que recibe. La Comunión se convierte en su único alimento. Esta escasa ingestión sigue siendo un misterio, ya que la parálisis de los músculos de la garganta le impide deglutir.

Tengo ganas de gritarles a todos los que me preguntan si como, que como más que ellos porque me alimentan, por la Eucaristía, de la sangre y la carne de Jesús. Tengo ganas de decirles que son ellos los que detienen en ellos mismos los efectos de ese alimento, que bloquean sus efectos.

También en este caso, más allá de lo espectacular, la razón profunda de esa inexplicable supervivencia sin aporte nutricional mínimo hay que buscarla en la Escritura: “Porque mi carne es la verdadera comida y mi sangre, la verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él”. (Evangelio según San Juan, cap. 6, vers. 55-56)

Para los católicos, el “Cuerpo de Cristo” recibido durante la comunión, le da vida al alma e incluso alcanza al cuerpo. Marta Robin experimenta el poder del sacramento de la Eucaristía de un modo muy particular: « La Hostia me produce una sensación física de alimento: Jesús está en todo mi cuerpo. Es Él quien me alimenta. ¡Es como una resurrección! »

Palabras inspiradas

Numerosos testimonios de conversaciones con Marta ponen de manifiesto su inigualable don de consejo, su memoria excepcional y su inmensa compasión. Le confían también muchas peticiones de oración. El poder de su intercesión es manifiesto: situaciones incluso desesperadas se resuelven después de que haya rezado. A veces, sus numerosas reflexiones sobre el porvenir de la Iglesia o de Francia se consideraron profecías, pero ella siempre rechazó ese término, a beneficio de una visión más espiritual del futuro que siempre está en las manos de Dios.

En cuanto al porvenir, sabe usted que me atribuyen muchas ideas sobre el porvenir.
No sé nada, salvo una cosa: que el porvenir es Jesús.

Como gran mística francesa, Marta Robin conmueve ante todo a sus numerosos visitantes por su alegría contagiosa, su agudeza intelectual, su cercanía con todos. Conocerla es estar en contacto con la bondad de Dios.

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Nada predisponía a esta joven del campo de Drôme a convertirse en uno de los protagonistas de la renovación espiritual de la Iglesia de Francia. Al atravesar el siglo XX, resplandece un amor que transfigura su existencia.
“Te he elegido para reavivar en el mundo el amor que se apaga”. Estas palabras de Cristo a Marta Robin resumen su misión, la de revelar el Amor incondicional de Dios a cada uno.
La herencia de Marta Robin es inmensa. Hoy en día continúa gracias a las numerosas comunidades y movimientos de la Iglesia, pero especialmente en el mundo entero a través de los Foyers de Charité.
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